No había parado de pintar…
Silvana se aburría soberanamente mientras Jacobo pasaba de lienzo en lienzo como enloquecido, presa del furor de su inspiración.
Ni siquiera había necesitado que posara. La tenia presente en su mente, tan clara como si allí se hubiera guardado una fotografía. Había grabado cada detalle de su cuerpo mientras le hacia el amor, la noche anterior. La forma de sus pechos perfectos, la ligera redondez de sus estrechas caderas, la forma de sus suaves piernas, la piel platinada de luz de luna, la forma perfecta de sus nalgas y la sensualidad de su abdomen… La tenía en cada cono y cada bastón de sus ojos, en cada neurona de su cerebro y en cada fibra de su corazón.
Entre tanto Silvana miraba por la ventana del apartamento, tratando de entender su extraño sueño, y sobretodo ese fulgor luciferino en los ojos de su amante. Pintaba con emoción, con amor, y a veces con rabia desmedida. Sus trazos rasgaban las telas con violencia y dejaban a su paso una orgía de colores y formas.
Podía verlo, era una colección hermosa. Una tras otra, las obras eran únicas; no solo únicas sino también perfectas. Sabia muy poco de arte, pero al verlas, mientras las iba pintando se daba cuenta de su magia, de su fascinante energía, de su peligrosa atracción…
Al otro lado de la ciudad, Cristóbal trataba de reponerse de lo sucedido en aquel café. Julieta solo miraba a la nada, como si estuviera en otro lugar y en otro tiempo, tal era su pasividad.
- Fue como una maldición, como si al tocar esa taza, lo hubiera condenado… ¿cierto?
No hubo respuesta alguna, solo el sonido de la respiración calmada y ausente de aquella mujer.
- ¿Yo lo mate?
Julieta volteo a verlo. Depositó su mirada en los ojos de aquel pobre hombre y como si sacara las respuestas de su atribulada alma, le dijo:
- Si… era inevitable.
Cristóbal se desmoronó. Su mente colapsó sin poder evitarlo y quedó a merced de su delirio. Un delirio coloreado de formas inconexas en las que solo podía huir, huir de la locura cromática creciente y hacia una liberadora realidad gris... Una realidad en la que solo estaba una mujer. Una mujer hermosa que pasaba de alucinación en alucinación en la mente de Cristóbal, como si fuera la protagonista de una obra inconclusa, pero que a merced que avanzaba, se robaba la cordura. Una aterradora visión, casi apocalíptica, pero de una belleza sin igual. La perfección en medio de la destrucción sin sentido, el orden en el caos, la verdad en la mentira…
Cristóbal se puso de pie, y con la mirada lucida de aquel que ha perdido del todo la razón, empezó a caminar.
Julieta lo vio marcharse, conciente de que no tenia que seguirlo. De que sus hilos lo guiarían hacia su destino, para que completara la misión que se le habían encomendado en este mundo sin sentido. Se puso de pie, mientras Cristóbal se alejaba lentamente. Giró hacia el lado contrario y se alejó del condenado, dejando en el aire resonando sus palabras:
- Está hecho…
Los pasos de Cristóbal lo guiaban por las calles como si tuvieran un rumbo determinado. Caminaba sin sentido, dando vueltas aquí y allá, incluso regresando algunas veces, pero en resumen avanzaba inexorablemente hacia aquel apartamento en donde se estaba gestando la magnifica obra que despertaría la admiración y eterno asombro de aquella ciudad.
Sus pasos le guiaron hacia ese lugar mientras en su mente se perdían los últimos vestigios de cordura y se adentraba en ese mundo multicolor de muerte y destrucción. Era una visión aterradoramente bella en la que no existía sino para encontrarla. ¿Para que quería encontrarla? No lo sabia, y tampoco le interesaba. Lo único verdaderamente cierto, era que así tenia que ser.
En medio de su visón, la vio asomada a la ventana. Pudo reconocerla y recobrar por un segundo la agudeza mental que siempre lo caracterizó. Se dio cuenta con una mirada a lo lejos, que estaba preocupada, que algo perturbaba su mente y que, sin saber muy bien porque lo presentía, estaba a punto de morir.
Habían pasado horas y Jacobo seguía pintando frenéticamente. Había creado las trece piezas que iban a darle el cuerpo a su colección. Solo le faltaba la numero catorce. Aquella pieza que le daría forma a su obra. Aquella pieza que antes le había obligado a destruir su anterior intento.
Esta vez, al igual que la anterior, se encontraba vacío. Su mente producía ideas fantásticas pero ninguna le convencía. No lograba encontrar aquella formula casi mágica, que le daría el estrellato. Aquella configuración de forma y color que daría forma a la colección entera, que las reuniría bajo una bandera y haría de su obra, un monumento artístico para la historia. No lograba enfocarse, e iba perdiendo poco a poco la paciencia.
Silvana podía ver en sus ojos, en su lenguaje corporal terriblemente sensual, que algo andaba mal. Que se había convertido en un ser de creación y destrucción simultaneas, que era un dios en su mundo tratando de alcanzar la perfección de su obra.
- Ven Jacobo, cariño. Deja de pintar, ven y abrázame… ven y hazme tuya de nuevo.
Jacobo la vio desde su ensoñación creativa y la amó profundamente. Pero a la vez, la odió con igual intensidad pues encarnaba en un solo cuerpo, la imagen de la perfección incompleta. Algo le faltaba, aunque fuera perfecta. Algo había en ella que no le permitía brillar con intensidad imperecedera. Era la imagen misma de su colección. Silvana era su obra…
Se acercó a ella y la tomó en sus brazos. Sus hábiles manos encontraron aquellos puntos en los que la mujer se derretía sin pudor. Buscó sus senos bajo la ropa y los acarició con deseo, mientras Silvana solo gemía de puro placer. Le hizo el amor con dulzura, llenándose de cada detalle de su amante, de cada aroma, de cada sabor… Sus bocas se buscaron y se entrelazaron en un largo beso. Una comunión de alientos y fluidos que se prolongó durante el acto hasta que de manera violenta los golpeo un orgasmo de una intensidad tal, que sus gritos hicieron levantar el vuelo de todos y cada uno de los pájaros de aquella ciudad…
Fue un orgasmo largo, una sensación de dicha eterna que se prolongó hasta dejarlos, exhaustos, tirados en el suelo del apartamento.
- ¿Quieres comer algo bonita? – Preguntó Jacobo mientras se vestía de nuevo.
- Esta bien lindo, pero salgamos, no quiero estar más en este apartamento…
Cristóbal se puso tenso mientras esperaba sin saber que, al otro lado de la calle de la puerta del edificio en donde Jacobo y Silvana se preparaban para salir.
Silvana, dejando de lado su pudor, se puso la ropa que había arreglado mientras Jacobo pintaba. Se veía exuberante, perfectamente hermosa, llena de inocencia y sensualidad combinadas… Un ser de una belleza única y completa.
Salieron abrazados del apartamento y llegaron hasta la puerta.
Cristóbal se puso rígido.
Jacobo y Silvana salieron hacia las calles, a esa hora llenas de gente.
Cristóbal los vio a través de su locura creciente y supo que tenía que advertirle del peligro. El la iba a matar…
Silvana reía al avanzar hacia la calle para buscar un taxi, mientras Jacobo cerraba con llave el edificio.
Cristóbal arrancó a correr y gritando se lanzo hacia Silvana…
Ella, mirando a Jacobo, escuchó los gritos furiosos de Cristóbal desde el otro lado de la calle y se volteo lentamente…
Cristóbal salto a la calle sin darse cuenta que venia, a toda velocidad, un camión.
Silvana vio. Aterrada como el aquel hombre se precipitaba hacia ella y el camión, sin alcanzar a frenar lo arrollaba con violencia…
Cristóbal, al ser golpeado por aquel mortal camión, sintió como sus huesos se fragmentaban por el impacto. Como sus músculos se atrofiaban por la onda de choque y como su corazón dejaba de latir de golpe. Mientras a su cerebro llegaban las ultimas moléculas de oxigeno que le permitían conservar la conciencia, Cristóbal se dio cuenta que había matado a Silvana… Solo en ese instante, lo comprendió.
La sangre brotó del cuerpo de Cristóbal, llenando el aire a la redonda…
Jacobo se volteo rápidamente para verla…
Y allí, con su perfecta belleza, Silvana lucia encantadora, presa del pánico y el estupor, y bañada en sangre que resalaba su piel de Luna bajo el carmesí fulgor…
Jacobo fue golpeado por la inspiración. Solo supo en ese momento que había encontrado la pieza única, la numero catorce, la perfecta…